Identidad sanjuanera

13 julio 2010

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El Mijo y la Ciguapa
Publicado por Juan T. Leon Ortega
Parte II

Juan Tobías León Ortega

La Ciguapa, estremecida con el sonar de las aguas del Mijo, sintió en su pecho, un sentimiento como nunca antes. El sólo hecho de escuchar con atención desde la entrañas de un río cuyo caudal adormecía a cualquier que osara posarse en sus orillas, repletas de historias, repletas de hechos escalofriantes, repletas de bellezas envueltas en manglares de flores silvestres y de frescuras cristalinas.

-Lo comprendo señor Mijo. Dijo la Ciguapa cabizbaja y en un tono triste, observando muy pensativa la orilla del Mijo. El Mijo cabeceaba en forma de desacuerdo, como queriendo decir que era cierto, que todo aquel que se adentrara a sus dominios en los tiempos de la alta aguas, podría correr el riesgo de sucumbir. – Pero usted señor Mijo, es muy honesto, pues sientes hacer cosas buenas para poder evitar una tragedia, lamentablemente, escapa de sus buenos deseos. Continúa la Ciguapa, que ya comienza a pararse erguida, dejando relucir la forma desproporcional de sus jarretes, que con los rayos de la Luna, no escapaban al panorama de un diálogo a menos, amistoso y de honestidad, de dos seres de la mitología quisqueyana.

El paisaje se cernía en aroma verde, la manigua intensa armonizaba con los cocuyos conocidos como las ánimas voladoras del purgatorio con sus luces eflorescentes, el sonido de la chicharras y de grillos aumentaban a cada momento, con más intensidad. Los Lirios y los Cigarrones parecían dormir junto al elenco de las aves silvestres y de los demás habitantes de las orillas del Mijo, pero su aroma celeste, inspirando con sus perfumes al ambiente, dando sensación a un paraíso soñado. Los gigantescos árboles de Chácaros, de Baitoas, de Guácimas y de Jabillas, batían sus ramas con frescura divina, y a cada movimiento, rompían la armonía de la oscuridad de sus sombras inmensas, para abrirle paso a los rayos de una Luna coqueta, que al contemplar la silueta de la Ciguapa, proyectaba su iluminación en las orillas del Mijo.

-¿Qué le parecen esos vientos cuando sus grandes árboles de sus dominios baten las ramas? Le pregunta la Ciguapa sigilosamente al Mijo. – No me atrevería a decir que son llamados de Guabancex. Le recalca el Mijo a la Ciguapa. – Cuando Guabancex me da sus llamados, entonces si me pongo a la expectativa. Contesta el Mijo en forma excitada, y haciendo rugir sus rápidos cristalinos. – ¿Les gustan esos vientos amistosos entonces señor Mijo? Pregunta con curiosidad la Ciguapa, tratando de agarrar su hermosa cabellera que despeinaba al compás de la brisa. –Sí, estos vientos me recuerdan siempre momentos alegres. Continúa el Mijo. – En las mañanas, en las tardes y en las noches, todo me huele a frescura, me huela a vida armoniosa. Continúa el Mijo muy emocionado por la pregunta oportuna de la Ciguapa, que junto al Mijo reluce una sonrisa exquisita de su bella cara jovial. – Vienen a mis orillas las aves, los animales y aquellos humanoides que desean refrescar en mis aguas. Le dice el Mijo a la Ciguapa, que a cada momento luce más emocionada con la plática del Mijo. –Usted me emociona señor Mijo. Dice la Ciguapa, ahora sentada en un peñón cruzando las piernas y mostrando todo el esplendor de su belleza sin igual y de su larga cabellera que cae por todo su cuerpo como lienzos del Lino más refinado. – Usted también, bella Ciguapa, me inspira cuando converso con usted, bella mujer seductora. Continúa el Mijo. – Su belleza descontrola mi alma de río enamorado, su voz, su canto, son como llamados de los dioses, son los llamados del amor, del amor cristalino de mis aguas, de mis dominios, mirarla a usted, oh mujer divina, es como soñar con manjares en la Luna, es descubrir el sueño eterno de sus labios, es su figura un eterno soñar y soñar. La Ciguapa bajó la cabeza en forma pensativa, porque ya el Mijo desde el mismo comienzo de su encuentro, le había manifestado su profunda admiración a su belleza seductora. La Ciguapa, con un gesto inocente, y de ternura, le dice al Mijo: – Gracias señor Mijo, es usted un elegante caballero, que expresa con todo su honor, los sentimientos de su melancolía, de sus pesares, de su alma enamorada, de su amor inspirado, es usted pulcro y transparente como sus aguas cristalinas.-Continúa la Ciguapa- existe en usted la alta nobleza de un ser venido de los dioses, sus palabras son como arcoíris que pintan de múltiples colores, amores sublimes en el firmamento, y que eternizan la fe y la amistad y el buen deseo de amar y de ser amado.

Continuará………………….

11 julio 2010

El Peje Tinglay Y El Charco de Los Cueros

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El Peje Tinglay Y El Charco de Los Cueros


Juan Tobías León Ortega

Mezclados como una masa de paganos, a tempranas horas de la tarde, niños, jóvenes, mujeres, hombres y mujeres prostitutas, solían bañarse en una pequeña área del río San Juan, en el primer puente, a penas doscientos metros de la fortaleza, General José María Cabral, llamada el Charco de los Cueros. Recordando que en el Argot dominicano, el vocablo “Cuero”, es sinónimo de prostituta. El hermoso lugar, frecuentado por prostitutas, cuyos burdeles estaban a poca distancia, fue popularizado por cierto tiempo como balneario por los hijos de Machepa y como un espacio de esparcimiento para los más curiosos del pueblo, especialmente para los más jóvenes, que ansiaban con el poder de lujurias desenfrenadas, la ilusión de contemplar la silueta de una fémina aún esta fuera lo que era: un cuero. A pesar de todo, eran mujeres bellas, algunas, con cuerpos monumentales, que mientras se bañaban en blúmeres, dejando traslucir el Monte de Venus a trasparencia acuosa, hacían vibrar las fibras masculinas del pulso respiratorio, hasta lograr, en algunos, el máximo clímax que se convertía en un escúpete masculino, que sólo las aguas cristalinas, y el peje Tinglay serían testigos de tan inesperado desenlace.

Eran los años mozos del enclave maguanero de los dos puentes, en la zona mesopotámica que producía el río San Juan: la línea divisoria de un mismo caudal, extraído de la Cordillera Central, corazón de la isla quisqueyana, en que un día, europeos con su almirante comercial, exclamaron diciendo: “la tierra más bella que ojos humanos hayan visto”. En verdad, era aquello, un pequeño sub paraíso incrustado a sólo a no más de cuatrocientos metros del parque Sánchez.

Nadaban así, los hijos del pueblo, en ese pequeño santuario, de la naturaleza, embellecido y enrarecido, por la disparidad de seres encuerados: prostitutas encueradas en blúmeres, hombres jóvenes totalmente encuerados, y niños en expectación, que por curiosear, observaban las siluetas de nítidas femineidades , que sin razón en el estercolero de las contradicciones de clases sociales, poseían lo que la creación les había regalado: monumentos lujuriosos de pezones, curvas, glúteos y frontal púbicos , que en nada tenía que envidiar a ninguna mujer de la alta sociedad.

Los cueros, ni se inmutaban con la presencia de hombres jóvenes encuerados, zambullían en el centro azulejo del charco que en su honor llevaba su nombre; espantando en cada zambullida, a algunos de los habitantes del charco: Truchas, Camarones, Jaibas que formaban el santuario tropical, junto al famoso pez Tinglay, que nadaba silenciosamente observando las siluetas de piernas y bellos púbicos de diferentes calibres.

Eran estampas de nuestros atardeceres provincianos. Los hijos de Machepa sin posibilidad de poseer duchas en sus casas, tenían la oportunidad de darse un chapuzón en las cristalinas y frescas aguas del bendecido San Juan. Algunos compraban dos cheles (centavos), de jabón de Cuaba, y a la segunda zambullida en el charco de Los Cueros, salían a enjabonarse de pies a cabeza, para luego terminar en el zambullo final, no sin antes tirar una mirada sigilosa a las féminas que salían empapadas del agua, reluciendo sus potencialidades femeniles.

El pez Tinglay convivía con todos los sobresaltos de los humanoides que les rodeaban en su habitad. A lo mejor su costumbre databa de muchos años atrás, cuando los primeros pobladores, los taínos, transitaban por montes y veredas, y un chapuzón en las aguas transparentes del San Juan, invitaba a la alegría de la frescura y el acariciar de los rápidos cristalinos; o quizá le recordaba al pez Tinglay la época de la colonia, cuando las damitas de la corte castellana, se encueraban para un chapuzón, y relucían sus finas blancuras en las azulejas aguas. Fue así que el pez Tinglay hubo de acostumbrarse al cambio de colores en sus charcos; el Charco de los Cueros, no fue la excepción ………………….

Míster X: El Hombre de la Cabeza Flotante

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Juan Tobías León Ortega

-Paséenle niños este es su amigo, el hombre de la cabeza flotante, Míster X. Jajajaja. Se hacía llamar el hombre de la cabeza flotante, Míster X. La cabeza parecía como la de un laboratorio de anatomía. El lugar de la exhibición: el antiguo cuartel de los Bomberos sanjuaneros y de la banda de música municipal, antiguo hogar transitorio, de uno de los pequeños burgueses de la baja pobre según la escala boschiana sociológica, que gobernó a la naciente República Dominicana, el inconfundible Ulises Hereaux (alias Lilís). La casa, un clásico Chalet de madera, con barcón amplio frontal, parecía extraída de las películas de misterio y suspenso; quizá en su tiempo de florecimiento en el siglo XIX, la casa era todo un lugar de inspiración para los pocos ciudadanos que formaban el pequeño pueblo de San Juan de la Maguana de entonces. Observar a un Ulises Hereaux (alias Lilís) pasearse por el barcón de dicha casona, era acontecimiento de primera para los pocos mirones del pueblo que una vez, no muy lejos de allí, apenas a tres kilómetros de dicha casona, escenificó una de las batallas militares más sangrienta en las epopeyas quisqueyanas: la batalla de Santomé.

La casona había sobrevivido el siglo XIX, pero ya se encontraba en pleno siglo XX dando al folklor sanjuanero, una vista pintoresca, un look misterioso, que con el olor a boñiga de murciélagos fermentado, daba la impresión de que San Juan también era un centro del suspenso, y que el Fantasma de la Ópera, merodeaba al pequeño centro sanjuanero incrustado a un poco más de la mitad del siglo XX. Era el contraste de lo nuevo y lo viejo, las reliquias de lo que nunca puede morir.

-“Yo voy hacer un diccionario, con las palabras del amor, en el idioma de los dioses, para cantarle al corazón”. –Jajajajajajajajaja. –Pasen niños, aquí los espera, Míster X. –Observen mi cabeza que flota en el espacio, porque soy única cabeza que flota, no tengo cuerpo.-Jajajajajaja. Míster X , con la cabeza envuelto como un sikh hindú con su turbante, que hacía recordar a la novela radial de los años 50s bajo el nombre de “Tamacún EL Vengador Errante”, y con unos lentes oscuros, reía a carcajadas mientras cantaba con soltura y fluidez, un fragmento de la famosa canción del cantante mexicano Fernando Valadez, “Yo Voy Hacer Un Diccionario”. Por cierto, el cantante Fernando Valadez era uno de los más famosos cantantes románticos de esa época; se encontraba cumpliendo un contrato en el país quisqueyano, sus canciones hacían vibrar de emoción a hombres y mujeres románticos; sólo lo empañó un incidente con las fibras patrióticas quisqueyanas, lo que puso a algunos a decidir entre sus canciones o la patria: Fernando Valadez hizo unas declaraciones fuera de lugar en plena Insurrección de Abril de 1965, cuando criticó duramente, a los combatientes constitucionalistas y con ello, a la gloriosa Insurrección del 24 de Abril; aparentaba ser que en el cantante romántico que tanto nos deleitó con sus bellas canciones, sólo importaba la vida de bohemio- romántico, la vida del desamor, de amores perdidos, mientras que la lucha de los pueblos por sus existencia, no tenía en su mundo, ni la menor importancia; este cantante mexicano fue tan irrespetuoso y malo agradecido con la hospitalidad quisqueyana, que hasta dijo en esa ocasión: “jamás volveré a este país”; se olvidaba este cantante, que en su país de origen, México, apenas hacía como cinco décadas y media atrás, se escenificó una revolución bien sangrienta y uno de los episodios revolucionario más interesante de nuestra América: la Revolución Mexicana; pero muchos olvidan la historia, y los eventos los toma por sorpresa .

Míster X había llegado a San Juan por el año de 1964, era víspera del proceso de agitación política que se estaba viviendo por todo el país: la antesala a la Insurrección del 24 Abril de 1965; mítines esporádicos relámpagos en repudio del despreciado gobierno del Triunvirato se esparcían por doquiera; la consigna del momento se escuchaba por doquier por estudiantes y hombres del pueblo, “Juan Bo’ presidente, Juan Bo’ presidente”. El ambiente estaba impregnado de lucha revolucionaria, la vieja república del 1844 y su nueva modalidad restauradora del 1863, nacida con imperfecciones pequeño burguesas y con la arritmia oligárquica de los hateros, se sacudía a más de cien años de su fundación. Los momentos de esparcimientos, de una sociedad que buscaba convivir en armonía con su pasado guerrerista, le traían un respiro a la vida sedentaria provincial.

Seguía Míster X cantando su canción favorita, “Yo Voy Hacer Un Diccionario”, entreteniendo a los niños que hacían una fila inmensa para ver al hombre de la cabeza flotante. En la entrada de la puerta de la casona misteriosa, un hombre blanco con rostro de conde draculoideo, hacía más interesante el suspenso del lugar que cuya entrada, expandía como una onda sonora, el olor casi fétido de la caca de los vampiros nocturnos sanjuaneros, que quizá por años habían encontrado refugio en el cielo raso de la antigua casa. No hacía caer la noche, cuando la vampiresa salía por todas direcciones a disfrutar la vista del centro sanjuanero, los manjares que les proporcionaban los insectos voladores. La verdad, que los murciélagos alojados como ilustres huéspedes del antiguo hogar de ave de paso del dictador “Lilís” , daban beneficios al pueblo sanjuanero, controlando la cantidad de insectos dañinos para la agricultura y para la salud humana. Como a las diez de la noche de cualquier día, la calle más alumbrada del pueblo, la Independencia, frente al parque, se inundaba de murciélagos que hacían piruetas espectaculares en la captura de insectos.

Los niños pagaban con gusto sus diez centavos para ver al hombre de la cabeza flotante, Míster X. Era una fantasía al más allá. La cabeza de Míster X rodeada de pequeños tubos plásticos, simulaban ser venas y arterias que transportaban sangre a la cabeza. Los pequeños tubos, con ayuda de una bombita, esparcían una especie de líquido rojo que simulaba ser sangre, lo que le daba más realza al drama de misterio y suspenso en la tenebrosa mansión. El trote de niños ansiosos por ver la cabeza flotante en el pasillo de la casa, hacía rechinar el piso de tablas, como si el antiguo maderero fuera a colapsar en cualquier momento. Dentro de la casa se podía observar a algunas de las maderas atacadas por comejenes, reluciendo las virutas como polvo elaborado, y al otro lado, arandinos tejiendo sus telas envolventes, que hacía del panorama, un lugar tétrico. Sólo los músicos de la banda municipal o los bomberos, no se inmutaban cuando se exponían casi a diario a dicha casona. El maestro de música Carías Lavandier con su estilo jocoso de dirigir, hacía olvidar los temores a la antigua mansión cuando se concentraba en los ensayos. El maestro Carías Lavandier, en sus acostumbrados momentos de jocosidad, solía tatarear la melodía de una partitura musical a sus músicos cuando estos no podían descifrar el acorde, y usando hasta palabras algo duras, les recitaba la melodía, cantándoles las notas así: “ lalalalalala , ya lo ves pendejo , si ya te la sabe desgraciado , entiéndelo bien , carajo , que como dicen las notas , sol-dó , tú no ves , eres eso “sol-dó” (sordo)”. Los músicos explotaban de la risa cuando el maestro Carías hacía estos shows. En cambio los bomberos, ocupaban la parte baja de la casona, los que se encontraban de servicio del día asignado, se les podía ver las caras pocos sonrientes. No era para menos, un bombero no ganaba casi nada o nada, pues hasta veces el servicio era voluntario.

El Hombre de la Cabeza Flotante impresionó mucho a niños y adultos por la novedad del truco: un hombre metido en una caja de dos compartimientos, que a primera vista lucía como si de verdad era una cabeza sin cuerpo. En un país todavía virgen, con sólo tres millones y medio de habitantes, no era para menos que cosas así impactaran en el público.

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